Abandono el abandono al que tenía sometido a este blog que tantas alegrías me está dando. Muchísimas gracias, dicho sea de paso, a todos los que perdéis dos minutos de vuestras vidas en leerlo.

Hoy traigo una reflexión conjunta. Tras una breve conversación con un experto en Arte, me dio por pensar en el significado de expresiones como PATRIMONIO CULTURAL, PATRIMONIO MUNDIAL DE LA UNESCO y otras tantas clasificaciones que casi siempre se refieren a objetos, construcciones y artilugios de épocas muy remotas. Pero, ¿qué implicaciones tienen esas expresiones?

Para algunas personas, algo que es patrimonio de la humanidad es un derecho. El derecho a disfrutarlo, a observarlo, incluso a sacarle provecho económico en beneficio de la región. Desde mi punto de vista, no es así. No veo ningún derecho, por ejemplo, en la Alhambra de Granada. Más bien veo una obligación de todos, de ahí que sea patrimonio universal. Esa obligación implica que todos debemos cuidar, respetar y ayudar a preservar (o al menos no dañar) todos estos bienes culturales de los que, precisamente por ser de todos, somos responsables.

Resumiendo esta primera reflexión, la expresión PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD (y similares) denota más una obligación de preservación que un derecho al disfrute.

A raíz de esto, la siguiente pregunta que me hice fue “¿por qué algo que es patrimonio de la humanidad ha de estar exhibido, a la vista de todo el mundo? ¿Estamos todos preparados para sentarnos delante de una pared llena de bisontes y escenas de caza? ¿Somos de fiar, plenamente conscientes de lo que tenemos delante? A tenor de las imágenes que acompañan a esta entrada, definitivamente no. A veces no somos merecedores de contemplar ciertas reliquias históricas. El fenómeno del turismo que se construye alrededor de ciertos elementos arqueológicos hace un flaco favor a su conservación y estudio. No obstante, comprendo que cuando el elemento lucrativo se enfrenta al cultural, suele salir ganando. A algunos países les merece la pena sacrificar sus bienes culturales históricos a cambio de hacer de ellos su principal fuente de riqueza. En Egipto, por ejemplo, el turismo representa el 10% del PIB. Para un país convulso, de escasos recursos naturales, es una cifra más que provechosa. Como para cerrar al público el Valle de los Reyes…

Lo que intento poner de relieve son fundamentalmente dos cosas. En primer lugar, que el patrimonio histórico es una obligación para los ciudadanos, más que un derecho a disfrutar. En segundo lugar, creo que no toda reliquia es susceptible de ser mostrada al turista, por el mismo motivo por el cual no nos enteramos de todos y cada uno de los avances en física aplicada que se realizan en el CERN, por poner un ejemplo.

Altamira está bien cerrada al público. Abrir la cueva al turismo hará que desaparezca, y la gallina de los huevos de oro habrá muerto para siempre.

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