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A mi padre le diagnosticaron cáncer de pulmón el 31 de mayo de 2010. Dios no estaba en esa consulta cuando nos comunicaron la noticia. Después volvimos a casa, con la cara descompuesta y recompuesta, para que no se nos notara el susto que teníamos en el cuerpo. Y tampoco estaba allí dios para consolarnos.

A medida que la enfermedad fue avanzando, los sacrificios se fueron haciendo mayores, y dios no nos echó un cable. Fui yo la que se levantaba tres días a la semana a las seis de la mañana para llevar al papá a quimio, y no dios. La culpa de que las sesiones se nos hicieran más llevaderas la tuvo todo el equipo de oncología del Hospital Provincial de Castellón, y no dios. Dios tampoco le sujetaba la cabeza a mi padre cuando vomitaba, ni barría del suelo los pelos de su bigote. No apareció por casa el día que dejó de controlar sus intestinos, me las apañé yo. Tampoco subió conmigo a la ambulancia que nos llevó al hospital por última vez. Durante las tres semanas que estuvimos ingresados, y ya siendo evidentes los signos de metástasis en su cerebro, mi padre empezó a tener alucinaciones, y en ninguna aparecía dios. Tampoco le vi pasar por allí cuando salía de la habitación a tomar aire después de que en uno de sus ataques intentase arrancarse la cara. Ni dios ni ningún santo. Al menos de los que llevan esas coronitas resplandecientes, porque santos, lo que se dice santos con bata y zuecos sí había, y muchos.

La semana antes de su muerte mi hermano y yo tuvimos que decidir si era el momento de sedarle definitivamente. Dios tampoco nos inspiró a la hora de asentir al médico con la cabeza. Y desde aquí hasta el día que nos dejó, tampoco vi pasar al tal dios por los pasillos. Solo a muchos enfermeros y auxiliares voluntariosos que me ofrecían café y conversación. Los mismos que el 12 de octubre de 2011, a las 12 de la mañana, cuando finalmente le dejamos marchar, lloraron conmigo porque “uno nunca se acostumbra a estas cosas”.

Recibimos a mucha familia y amigos que quisieron despedirse de la buena persona que fue mi padre, pero dios tampoco vino, y en ningún momento nos sentimos solos. Después le incineramos, tal y como él pidió siendo consciente del proceso de su enfermedad. Ahí no sabría deciros si dios apareció porque yo no entré al horno crematorio, pero habría sido gracioso verle emerger de entre las llamas.

Al día siguiente, subimos al pico de Peñagolosa, y allí le dejamos descansar para siempre. Fueron varias horas de ascenso por una ladera rocosa, y hacía bastante frío, pero tampoco vino dios a empujarnos el trasero para llegar antes a la cima.

La ciencia ha avanzado mucho, por suerte. No tanto como para salvar a mi padre, pero dios tampoco lo hizo. Como diría Cristopher Hitchens, dios no existe, así que no le deis las gracias.

 

A la memoria de mi padre.

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