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 Que las ciencias, en todo la amplitud del concepto, son cosa de hombres aún en pleno S.XXI es evidente. Solo hay que observar los ensayos médicos que no tienen en cuenta variables de sexo ni tampoco circunstancias como el embarazo o la lactancia. Por suerte esto está cambiando en la medida en la que las mujeres van haciendo acto de aparición, con mucha dificultad, en los consejos directivos de las farmacéuticas y las instituciones científicas que se dedican a la investigación.

Pero ojo, que lo que voy a contar hoy no tiene nada que ver con el hecho de ignorar a las mujeres en el ámbito científico. Hoy os voy a hablar de insultos. Sí, directamente insultos. Voy con ejemplos concretos, pero antes he de manifestar mi preocupación, pues en este mismo momento estoy corriendo el riesgo de suspender una asignatura de la carrera por bocazas. Así que como comprenderéis, y dado que me he quedado sin beca, por ahora, voy a omitir ciertos datos que puedan identificar al autor de las anécdotas que voy a exponer, porque no está el horno para bollos, y no me puedo permitir repetir asignaturas. Allá vamos.

Para empezar os voy a presentar a tres mujeres que han sido vilipendidadas en un famoso e imprescindible manual de historia de la antropología. Ellas son:

  • Ruth Benedict: antropóloga neoyorkina famosa por su trabajo sobre la cultura japonesa. Escribió su etnografía El crisantemo y la espada a petición del gobierno de los EEUU suponiendo que conocer mejor al enemigo iba a facilitarles la victoria en la WW2. Benedict destaca por sus trabajos en beneficio de una sociedad libre de prejuicios y fue la primera mujer presidenta de la Asociación Americana de Antropología.

  • Margaret Mead: también antropóloga americana. Ha hecho más trabajo de campo que muchos de mis profesores juntos. Destacó por su obra Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, valiente por tocar un tema tabú en un momento delicado.

  • Susan George. Qué decir de ella. El informe Lugano supuso una zas-en-toda-la-boca para muchos ciudadanos obedientes, que aprendieron a abrir los ojos y observar con otros matices los telediarios y los periódicos. Gracias a ella ahora somos un poco más conscientes de los efectos e intenciones que tuvo la reunión de Bretton Woods. Es una jefaza en ATTAC y nadie que quiera criticar el capitalismo debería hacerlo sin antes haber leído alguna de sus obras.

Y una vez hechas las presentaciones paso a la crítica. Los hay que se refieren a Susan George como George Susan, y esto, lejos de ser anecdótico me parece grave por dos motivos: el primero es que obviamente se está hablando de alguien que no se conoce. Sería conveniente tomarse la molestia de investigar un poco a la persona de la que se va a hablar en un libro. El segundo motivo es que el subconsciente nos traiciona a veces, y llamar a Susan George George Susan no hace más que dejar patente los sesgos sexistas de quien así ha escrito.

El famoso politólogo y filósofo George Susan.

El famoso politólogo y filósofo George Susan.

Sobre las otras dos mujeres, la cosa es más complicada. Además de ser dos antropólogas cuyas aportaciones han sido más que importantes para la antropología cultural, existe la circunstancia de que ambas fueron amantes. A mi esto sí me parece anecdótico, pero otras personas opinan que es súper importante y que es una gran aportación a la ciencia antropológica saber e insistir en que estas dos mujeres hacían la tijera entre japoneses y samoanos. Ejemplos literales:

(…) Margaret Mead era estudiante y Ruth Benedicta ayudante. Desde entonces establecen una relación de profesor-estudiante, colegas, profesionales y amantes que durarán (sic.) toda la vida. (…) la relación entre las dos se convirtió en un idilio amoroso que eventualmente era una especie de triángulo en el que se insertó Sapir. (…) Además de su relación con Mead, Benedict se casa con Stanley Benedict y tiene una serie de romances con mujeres y hombres con los que actúa de amante, mentora y amiga.

(…) Mead se casó tres veces, tuvo una hija y numerosos amantes masculinos y femeninos.

Y después de esta parrafada, la persona que la ha escrito niega que tenga ningún trasfondo morboso, sino que el interés por la relación sentimental entre estas dos autoras viene porque su obra se ha interpretado siempre en clave autobiográfica. Finalmente el autor manifiesta su desacuerdo. Bien, si estás en desacuerdo con algo, no lo alimentes. Tratar el lesbianismo de dos personalidades como una clave para entender su obra es absurdo y ofensivo del mismo modo que elegir a una ginecóloga por su orientación sexual. Se está poniendo en duda la profesionalidad de dos antropólogas para luego decir de ellas que eran muy cracks. Debo estar hoy en modo imbécil porque no lo entiendo. Y tampoco entiendo cómo en un compendio de biografías de los antropólogos más notables de los EEUU no aparece por ejemplo, a quién se pasaban por la piedra Boas o Morgan. En sus casos parece irrelevante. También me pregunto por qué Benedict y Mead no merecen un capítulo para cada una. Debe ser que soy una feminista de esas a las que nos falta un rabazo.

Más allá de los ejemplos concretos que estoy citando, podéis ver en la imagen lo que pasa cuando buscamos en Google a Margaret Mead o a Ruth Benedict.

Y ahora lo mismo, pero con otros antropólgos cuya vida sexual y personal no provoca tanto interés.

Vaya, no aparece nada sobre sus conquistas… En fin, sirva esta breve reflexión para poner de relieve tres cosas:

1.- El machismo está casado con la ciencia. Esto es así, y si no nos gusta deberíamos empezar por cambiar la manera de tratar cierta información. La sexualidad de las antropólogas lesbianas y golfas, que hacían tríos y tenían amantes aun estando casadas, debería tener tanta importancia como el color de la corbata del médico que me operó las anginas en 1997.

2.- Deberíamos tener mucho cuidado con nuestros errores inconscientes, porque vienen a reflejar en gran medida los sesgos que aún no nos hemos sacado de la cabeza, aunque fuera lo primero que nos advirtieron al empezar la carrera.

3.- La ciencia es cosa de hombres porque se han podido dedicar a ella gracias a que sus mujeres y sus madres han permanecido en casa haciéndoles la cena, lavándoles los calzoncillos y criando a sus hijos. Y eso, queridos amigos científicos carcas, que no se os olvide, nos lo debéis. Algún día nos cobraremos la factura, pero mientras llegue ese momento, procurad que no se os note el olor a rancio.

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