No vamos a negar que los tatuajes se han puesto de moda últimamente. Hace cincuenta años un tatuaje era una señal inequívoca de haber pasado por la cárcel, pero hay varios factores que ahora nos han hecho considerarlos como un adorno más.

La proliferación de profesionales del tatuaje con la consecuente competencia en materia de precios lo pone al alcance de cualquiera. Además tatuarse la piel ha dejado de tener connotaciones ritualistas –especialmente en lo referente a ritos de paso – para pasar a ser meros adornos, equiparables a una prenda de vestir o unos pendientes.

Tatuarse pone de relieve dos cosas. Por una parte, es una expresión manifiesta de la propiedad del cuerpo, la única posesión que es verdaderamente de uno mismo indespojable. Por otra parte se trata de expresiones subjetivas de autenticidad, aunque en realidad, como marca Velasco1, se trate de expresiones de ruptura del orden establecido.

Si alguien se decide a manifestar su yo a través de su piel anti-social, por favor, que elija a un buen tatuador.

Si alguien se decide a manifestar su yo a través de su piel anti-social, por favor, que elija a un buen tatuador.

Pero vamos a ponernos en antecedentes. Etnografías en las sociedades kayapó (Brasil) y en otras en Melanesia y Nueva Guinea demuestran el uso ritual de los tatuajes y otras prácticas que tienen la piel como objeto. Los colores, las formas, las partes del cuerpo donde tienen lugar los dibujos están cuidadosamente elegidos en función del significado. También sucede lo mismo con otro tipo de adornos como las incrustaciones en la piel. Entre los kayapó las perforaciones en labios y orejas simbolizan la capacidad de comunicación activa, hablar y escuchar, muy lejos de la cualidad de adorno que hoy en día tienen en occidente.

Gell2 propone una serie de claves para comprender las diferencias entre lo que se ha llegado llamar piel social (piel manipulada con fines ritualistas y significaciones sociales) y piel anti-social (la piel trabajada en base a una serie de subjetividades que no van más allá del propio individuo).

En primer lugar, llama la atención la labor profesional institucionalizada del tatuador, que transgrede el tabú de la creación divina del cuerpo humano, se atreve a manipularlo con el consiguiente reto que supone. Tatuarse se vive como algo traumático, un dolor que purifica y fortalece.

Otra de las claves que propone Gell es la capacidad para abrir y cerrar la piel entendida como límite del cuerpo. El riesgo reside en la indelebilidad de las marcas, unas marcas que significan un pasado, y que se pudieran querer tapar en un futuro.

Foucault hablaba del cuerpo como campo para el ejercicio del poder y la resistencia. Es esto lo que se desea expresar con los tatuajes modernos, las pieles antisociales, la resistencia a las prácticas burguesas, en enfrentamiento entre el yo y la sociedad, puesto que un cuerpo decorado se convierte en un icono de la victoria del yo3

1H. Velasco Maillo. Cuerpo y espacio. Símbolos y metáforas, representación y expresividad en las culturas. Ramón Areces, Madrid, 2010

2A. Gell, Wrapping in images. Tattooing in Polynesia. Oxford, Clarendon Press, 1993

3D. Rosenblatt, The antisocial skin: structure, resustence and “modern primitive” adornment in the United States. Washington, Cultural Anthropologie, 1997.

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