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 Pido disculpas de antemano por no poder ser imparcial en este tema. Intentaré objetivar mi exposición al máximo, pero se me va a ver el plumero. No obstante, lo interpreto como un punto a mi favor, porque puedo hablar de la experiencia sin inventarme nada.

Que no paguen justos por pecadores. No eludas tu responsabilidad.

Que no paguen justos por pecadores. No eludas tu responsabilidad.

Tengo una perra de raza golden retriever. Mucho antes de adoptarla – y no después – hice balance de las obligaciones que esto iba a conllevar, que son numerosas. Clara necesita salir a hacer sus necesidades cuatro veces al día. De esas cuatro salidas, una la aprovechamos para hacer deporte juntas. Si mi perra no hiciera el ejercicio necesario ladraría al quedarse sola en casa, destrozaría muebles y molestaría a otras personas por la calle. El resultado es que mi perra es un animal amable, equilibrado, totalmente pacífico e integrado en la sociedad. Nunca hemos dejado una mierda en mitad de la vía pública, está censada, tiene sus vacunas al día, le doy un trato digno, la llevo a un adiestrador una vez por semana después de haber hecho con ella un curso de obediencia básica… Vaya, que nadie puede decir que mi perra supone un peligro o una molestia para los demás. Pero lamentablemente esto no es así. Vivimos en un pueblo de algo más de 26.000 habitantes, de arraigadas tradiciones, por no decir que es un pueblo de viejas. Mi experiencia me demuestra que la intolerancia hacia los animales roza límites ridículos. Y ahora vienen los ejemplos.

Hace más de 30.000 años que los perros son animales domésticos, y no ha sido tiempo suficiente para que los humanos nos acostumbremos a ellos.

Hace más de 30.000 años que los perros son animales domésticos, y no ha sido tiempo suficiente para que los humanos nos acostumbremos a ellos.

 A finales de mayo me encontraba paseando plácidamente con Clara en la plaza del Ayuntamiento – vivimos muy cerca, por eso nos viene bien bajar allí a hacer pis –. Recalco que jamás he dejado una mierda en el suelo, aunque muchas veces he vuelto a casa con una pegada al zapato, obviamente no de mi perra. En el momento en que nos disponíamos a volver a casa, se me acercó un policía municipal. Me preguntó mi nombre y apellidos y me dijo que una vecina se había quejado de nosotras. Nos pedía que nos fuéramos de la plaza porque hacía feo. No sé si se refería a que nosotras con nuestra presencia embrutecíamos la belleza arquitectónica del edificio consistorial y su entorno, o se refería a que no estaba bien que los perros hicieran sus necesidades en un trozo de césped. Vamos a tomar como válido este último supuesto.

La normativa municipal de tenencia de animales establece como único lugar válido para que los perros depositen sus necesidades – además de los pipicanes – la calzada. Esto significa varias cosas, todas negativas. En primer lugar, existe un riesgo obvio de que te atropellen, a ti y a tu perro. Y si no te atropellan es más que probable que te lleves una pitada por interrumpir el tráfico. En segundo lugar, el pis de perro en la calzada mancha y huele mal. De hecho delante de mi casa hay una serie de manchas de pipí que no se va ni con el paso de los años. Porque a mi me puede el sentido común, que me dice que si me perra hace pis en un trozo de césped ni huele, ni molesta al tráfico ni supone un riesgo para la salud pública porque el césped se riega periódicamente, con lo cual el pis desaparece. Pero mi lógica no parece ser la misma lógica que la del concejal correspondiente.

Un día, aprovechando que Clara es obediente, le pedí que hiciera pis donde legalmente puede hacerlo. El resultado fue el esperado. Aún no había terminado cuando una señora endemoniada salió de su casa con un cubo de agua en la mano y cara de muy mala leche. Lo más bonito que me dijo fue guarra. Queda demostrado pues que la norma municipal no funciona porque molesta a los vecinos. Aunque pensándolo bien, lo haga como lo haga, siempre habrá alguien a quien le moleste. Y esto me da pie a la siguiente reflexión.

Resulta que los seres humanos tenemos derechos a tuti plen. Tenemos tantos derechos que no sabemos muchas veces ni para qué sirven, y mucho menos utilizarlos. La cuestión es que aquí no cede nadie. El típico argumento de si a mi no me gustan los perros por qué tengo que aguantarlos se puede extrapolar a los niños, a las fiestas, a los cohetes, a los toros… En fin, que si tuviese que hacer una lista de cosas que no tengo por qué aguantar seguramente no acabaríamos nunca. Se llama tolerancia, y consiste en no quejarse más de lo necesario para que tus vecinos tampoco se quejen de ti más de lo necesario.

Cosas en las que te puede beneficiar un perro educado. Podéis verlo más grande si pincháis sobre la imagen.

38 maneras en las que un perro te puede beneficiar. Pincha para leer este excelente artículo.

La típica analogía de los niños y los perros también huele un poquito a rancio. Sobre todo si te acercas al árbol donde las mamás ponen a hacer pis a sus hijos pequeños por no subir un momento a casa o pedir educadamente en cualquier lugar público que te dejen entrar porque le estás quitando el pañal y si dice que se mea, es que se mea. El pis de mi perra debe ser radioactivo, venenoso, insalubre y tóxico, pero el pis de niño es tan guay… De los escupitajos de viejos mejor no hablamos. Ni de los papeles, las cáscaras de pipas, los botes de refrescos, los paquetes de gusanitos que se caen al suelo, ni los cristales de botellas rotas… Eso da igual. No molesta.

Otro problema que, lamentablemente, es visto como una solución son los pipicanes. Esos trozos de tierra de un metro cuadrado donde mi perra de 27 kilos tiene que entrar a la fuerza y hacer sus necesidades en el mismo sitio donde previamente han cagado y meado varias decenas de perros más. ¿Eso tampoco es visto como algo insalubre? Por no hablar de los famosos parques de perros, esos espacios, regalos del cielo donde podemos soltar a nuestros perros para que jueguen, que no tienen ni una sombra, ni una fuente con agua, y los bancos para que las personas se sienten están a escasos centímetros de las papeleras donde tiramos las mierdas. Os puedo garantizar que en verano, cuando el horario al que puedes salir a la calle con tu perro es más reducido, he visto en el mismo parque – ¿200 metros cuadrados? – hasta doce perros intentando correr a sus anchas. Pero no infravaloremos el parque, que ha costado 18.000€ poner una valla metálica con dos puertas – literalmente –. Y tenemos que dar las gracias hasta la saciedad por hacernos el favor de montar un parque perruno, cuando debería de ser una obligación tan ineludible como la mía de censar a mi perra.

Mención especial también para las personas que redactan las normativas municipales sin la más mínima idea de convivencia. Están elaboradas de tal manera – y ahora me pongo en modo antropóloga – que el ciudadano percibe como una amenaza real para su seguridad el hecho perruno. Es muy lógico que quien no tiene perro piense que son peligrosos porque la norma es extremadamente restrictiva. Leyendo este artículo es normal que la gente nos vea a los dueños como delincuentes. Si un perro no es una amenaza ¿por qué está todo tan regulado? En mi opinión la elaboración de este tipo de reglamentos debería ir más orientado hacia la convivencia y la concepción del perro como ser social, y no tanto hacia el castigo y la prohibición. Que a estas alturas nos tengan que pedir que recojamos las mierdas de nuestros perros me parece grave, tanto como el problema de la intolerancia y el prejuicio. Sería muy beneficioso el uso de perros debidamente educados en las residencias de ancianos y en los centros para niños con discapacidades – sé de ciudades muy cercanas donde se hace, y con mucho éxito –. Está más que demostrado el papel social de los perros, aunque nos empeñemos en verlos como fábricas de mierda y babas. También se puede aprovechar en los centros educativos para organizar charlas de concienciación y hablar a los chicos sobre la importancia de que los perros no ensucien, pero también para demostrarles que un perro no es peligroso, salvo que lo eduques en el maltrato. Y me vais a perdonar si me pongo pesada con este tema, pero es que cuando algún intelectual dice que la educación lo es todo tiene toda la razón que se le puede dar.

Para resumir, el problema de convivencia entre perros y humanos tiene varios motivos que alimentan su existencia: la intolerancia, la mala educación de algunos dueños y la presentación al ciudadano de los perros como algo peligroso e insalubre. Pero también tiene soluciones como normativas municipales guiadas por la lógica y en pro de la convivencia, la educación desde la infancia, la adecuación de espacios preparados para que los animalitos se socialicen y puedan ser seres integrados y el uso de perros educados para fomentar el contacto agradable y acabar con el miedo y la repulsión que algunas personas sienten hacia ellos.

Yo no tengo por qué tolerar muchas cosas, como por ejemplo que me echen de una plaza pública, y nadie tiene por qué aguantar los deshechos de mi perra, por eso nunca ensuciamos la calle, pero no veo que esto sea un punto a mi favor porque me llevo igualmente broncas y amonestaciones. Y en el yo no tengo por qué… nos escudamos todos para no hacer un ejercicio de tolerancia y respeto hacia los derechos que todos tenemos. El tuyo a vivir en un ambiente saludable y el mío a tener un perro.

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