Entre los tipos de agrupaciones humanas, encontramos como más extendida el estado. Desde el más primitivo, como puede ser el formado por los bunyoro, hasta el más moderno estado occidental, cuentan con sistemas de control del pensamiento. Elaborados por la clase gobernante, en muchas ocasiones autoproclamada o de estatus heredado, el control del pensamiento tiene como objetivo mantener a la población en un estado de hibernación de manera que las mentes pensantes e inconformistas no den problemas a los mandatarios de estos estados.
Una revuelta en un estado provocaría serios problemas a la clase gobernante, que vería peligrar su estatus de intocables. Es por esto que se intenta por los medios más inverosímiles que la población sea una masa sumisa y pseudosatisfecha con el sistema al que pertenecen.
Aquellos que, potencialmente, representan un peligro para la clase dirigente, son disuadidos con campañas de desmoralización, distrayéndolos de sus pensamientos revolucionarios. Los estados disponen de elementos especializados en esta tarea.
 En los estados más modernos existen otros métodos de control de masas que nos son muy familiares. La élite gobernante utiliza la empatía para hacer qu
e los ciudadanos se identifiquen con ellos. Hemos visto en la campaña electoral de las últimas generales cómo una de las maneras de llegar al votante ha sido la de humanizar a los candidatos, mostrando su cara más familiar y cotidiana. Éste es un método más efectivo que las coacciones para lograr la conformidad por parte de los ciudadanos.En primer lugar, tenemos las instituciones mágico-religiosas. Rememorando a Herbert Spencer, encontramos que la religión posee, además de una función de cohesión entre individuos, un poder complementario al político de control de masas. La devoción, los sacrificios de cualquier tipo (desde ayunos hasta sacrificios humanos) y los ritos religiosos condicionan a las masas, haciendo que los individuos crean que aceptar con fe ciega las doctrinas inculcadas es el camino hacia una supuesta vida eterna plagada de placeres y abundancia. El monumentalismo de los edificios religiosos tienen un objetivo muy alejado del ritual: el individuo se siente insignificante y esto fomenta la sumisión.
Otros métodos son la televisión, donde podemos ver dos tipos de programas básicamente: los espacios de entretenimiento mantienen a las personas distraídas mientras que, por otra parte, los informativos tienen tantos sesgos ideológicos que, más que informar, forman.
El cine, los espectáculos musicales, deportivos, el teatro etc (incluso la tauromaquia) son las versiones modernas de los antiguos circos romanos, donde se congregaba a la población para hacerles olvidar el inminente declive del Imperio y vaciar de ira las mentes atemorizadas ante la depauperada situación.
Sorprendentemente, uno de los derechos humanos en el cual se insiste mucho últimamente es la educación. En países donde la educación es obligatoria, el currículo no se adecua a las necesidades de los estudiantes, ni se redacta pensando en las necesidades reales de la sociedad. El ejemplo de España que, quizás sea el que más conocemos, es muy útil para comprender esto: entre comunidades autónomas existe una diferencia curricular muy importante. Esto provoca en los estudiantes una situación de desigualdad, además de inculcarles una serie de sesgos ideológicos desde el principio de la etapa escolar.
Marvin Harris, a propósito de la educación obligatoria como método de control poblacional, cita el siguiente ejemplo en su obra  Introducción a la antropología general: “generaciones de escolares de EEUU han aprendido a ver a Colón como un héroe cuya valiente expedición llevó la cristiandad y la “civilización” a las Américas. Esta perspectiva ayuda a eliminar el problema de los derechos y el bienestar de los nativos americanos”
El saludo a la bandera, los juramentos de fidelidad, la entonación de himnos… son rituales de masas que buscan inculcar lealtad al régimen.
 La aceptación de las desigualdades sociales (dicho sea de paso, tan naturalizadas) y económicas se refuerza con la actitud hacia las personas más desfavorecidas. A un niño pobre se le explica desde pequeño que el principal obstáculo para progresar es su propia capacidad, haciendo que dirija su ira hacia él mismo o hacia aquellos contra los que tiene que competir.
La coacción física sirve, más que para el mantenimiento del conformismo, para devolver a ese estado de apatía a una población rebelada. Cuando el nivel de vida se ve mermado, las personas no entienden de propaganda, y se pasa a la acción.
En la China comunista la represión física directa ha reprimido cualquier intento de revolución ciudadana. Así mismo las revueltas populares de los años 80 y 90 al otro lado del Telón de Acero fueron apaciguadas con la violencia de ejércitos y policía al servicio de gobiernos incapaces de dar de comer a sus ciudadanos.
En los países capitalistas también encontramos métodos de violencia física para contener a la población, aunque más sutiles. Es más común el uso de sistemas de control mental, pero en última instancia, siempre acaban dependiendo de policías armadas y cárceles. La población actúa con sumisión no por iniciativa propia, sino por miedo a sufrir las consecuencias de transgredir las leyes.
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