En 1994 estalló en Ruanda uno de los genocidios más sangrientos de la edad moderna. Todos fuimos testigos de los sucesos, en la medida que a la prensa se le permitía recabar información. He aquí algunas de las claves que nos ayudarán a comprender qué sucedió para que, en no más de 100 días, fuera asesinada entre el 60 y el 80% de la población tutsi.
 
Antecedentes históricos
En el contexto de las colonizaciones, la historia de Ruanda comienza con la conquista de su territorio por parte de Alemania. Tras la II Guerra Mundial y después de haber reorganizado la estratificación social del país africano, el gobierno pasa a manos de Bélgica, que vuelve a agitar el país con más cambios estructurales de índole político, pero con repercusiones a nivel social.
Antes del desbarajuste colonial, en Ruanda convivían de manera armónica tres etnias: hutus, los más numerosos; tutsis, que representaban entre el 15 y el 20% de la población; y twas, apenas el 1% de los ruandeses. La economía, basada en la ganadería, la agricultura y la artesanía, se construía en un intercambio justo de bienes entre las tres etnias, sin más problemas que los cotidianos en temas de negocios.
Tras la llegada de los europeos, Ruanda se reorganizó social, política y económicamente a criterio occidental. El poder, tradicionalmente, caía en manos de los hutus, pero Bélgica cambió la tendencia erigiendo como líder a un tutsi, lo cual generó un conflicto del que hoy en día aún quedan resquicios.
Para los europeos, tutsis y hutus eran completamente diferentes. Describían a los primeros como “europeos bajo una piel negra”, una etnia noble, de rasgos bellos y distinguidos, según las crónicas coloniales de la época. En cambio, los hutus eran considerados una raza ruda, vulgar, salvaje e incapaz de liderar un país por carecer de aptitudes.
Una vez Ruanda es descolonizada, nos encontramos con un país dividido, con su sistema de organización social totalmente desmontado como consecuencia de la mano europea. Lo que había sido un territorio multicultural pacífico y organizado había pasado a ser un nido de odio.
Hasta 1960 el país había estado liderado por los tutsis, tal y como había planeado Bélgica con el beneplácito de la ONU. A partir de entonces comenzó un periodo de inestabilidad política que viviría su punto álgido en 1973.
En ese año, Juvenal Habyarimana se autoproclama presidente del gobierno ruandés tras llevar a cabo con éxito un golpe de estado. A partir de entonces las tornas cambiarían. Con los tutsis fuera del poder, los hutus se lanzaron a la caza como venganza. Este clima de resentimiento y odio duraría hasta el año 93, cuando las cosas se torcieron más aún para los tutsis.
El gobierno del presidente Habyarimana empezó a verse comprometido por el Frente Patriota Ruandés, formado por exiliados tutsis. La presión le llevó a firmar el Tratado de Arusha, mediante el cual se comprometía a reorganizar una Ruanda multiétnica, respetando la presencia de los tutsis en las instituciones y permitiendo el regreso de los desplazados. El tratado fue firmado, pero Habyarimana nunca llegó a hacerlo efectivo. Y no sólo esto, sino que, además, alentó a sus seguidores hutus a organizarse en milicias para comenzar con la destrucción definitiva de los tutsis. Estas milicias eran bien conocidas con el nombre de Interahamwe.
 
El detonante y la Radio des Mille Collines
En mitad de la tormenta política, un desafortunado y misterioso accidente de avión acaba con la vida de Habyarimana y de su homólogo burundés. La Interahamwe acusa a las “cucarachas tutsis”, como llamaban a sus enemigos, de haber provocado el accidente. Finalmente estalla la matanza.
Las instituciones facilitan el trabajo de la milicia hutu y desde los medios de comunicación se anima a seguir con el derramamiento de sangre. Clave fue el papel de la radio Mille Collines, que publicaba en sus emisiones nombres, apellidos y direcciones de ciudadanos tutsis para que los hutus los localizasen fácilmente. De hecho, si hay una imagen que nos evoca la etapa más sangrienta de Ruanda es la de un miliciano hutu con un machete en una mano y una radio en la otra.
 
¿Por qué machetes?
Las imágenes que nos llegaban a los europeos desde África eran sangrientas. Civiles implicados en el genocidios asesinando a machetazos a sus vecinos, aquellos con los que habían convivido toda su vida, alentados por un sentimiento de odio y por unos medios de comunicación que llamaban a la violencia. Y en Europa no comprendíamos el por qué de ese método tan atroz. ¿Machetes? Para nosotros era un signo más del salvajismo africano que conocíamos a través de las crónicas coloniales. Pero la realidad es bien distinta.
Ruanda era un país donde el sistema de subsistencia se había visto destruído a causa de tantas décadas de vaivenes políticos e inestabilidad social. Era económicamente imposible adquirir artillería para abastecer a todos los milicianos. Además la participación civil en el genocidio era inusualmente grande, de manera que había una enorme demanda de armamento. Todo el mundo quería algo con lo que matar tutsis. La solución fue dotar a milicianos y civiles de armas baratas: machetes que importaban de países industriales y que, posteriormente, se distribuían entre las milicias o se vendía en bazares a los ciudadanos hutus.
Que en Ruanda se sirvieran de machetes para ejecutar el genocidio no tiene nada que ver con el supesto salvajismo que se atribuye a los africanos. Es, como la mayoría de cosas, un tema de dinero. Se intentaba hacer el mayor mal posible con el mínimo de recursos económicos para que las armas llegasen a todos los hutus, civiles y militares.
 
¿Y la ONU?
Ruanda ratificó la Declaración Universal de Derechos Humanos y es miembro de la ONU. Como tal, en vistas a la masacre que se estaba llevando a cabo, los Cascos Azules llegaron al país, pero con instrucciones de no intervenir militarmente, sino de actuar como mantenedores del orden, un orden que, por otra parte, no existía.
La ONU define como genocidio “cualquiera de los actos siguientes cometidos con intención de destruir, íntegra o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal: matar a miembros del grupo, causar serio daño físico o mental a miembros del grupo, someter deliberadamente al grupo a condiciones de vida tales que resulten en su destrucción física íntegra o parcial, imponer medidas dirigidas a impedir el nacimiento dentro del grupo o trasladar por la fuerza a niños del grupo a otros grupos” (artículo 2 de la Convención para la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio).
Una vez leída la definición oficial, parece obvio que lo que se estaba cometiendo en Ruanda era un genocidio. Pero la ONU nunca lo reconoció como tal por dos motivos. En primer lugar existe una convención no escrita mediante la cual las Naciones Unidas evitan emplear el término genocidio cuando el país en conflicto forma parte de este organismo (es decir, oficiamente un país de la ONU nunca comete genocidio).
Por otra parte, uno de los grandes fracasos en Derecho Internacional ha sido la falta de acuerdo a la hora de crear un tribunal penal efectivo. Esto, sumado al hecho de que el conflicto ruandés fue oficialmente una guerra civil, ha impedido que los responsables de la masacre fueran juzgados por delitos de genocidio: para la ONU nunca existió tal delito, sino una guerra civil, un asunto ajeno a la política internacional.
Pasividad, falta de implicación, incompetencia, vacíos legales… Una confabulación de circunstancias que favorecieron la impunidad de la masacre tutsi. A las familias de los 800.000 tutsis muertos no creo personalmente que les sirva la explicación.
 
Conclusiones
Con este artículo he pretendido invitar a la reflexión sobre lo que, desde mi punto de vista, son dos temas importantes. Por un lado, cabría plantearse el poder que los medios de comunicación tienen sobre las masas. La radio Mille Collines jugó un papel clave a la hora de hacer partícipes de la matanza a hutus civiles. Además, con respecto a la prensa europea, podemos pensar que la información que nos llegaba no era del todo completa, bien porque no era posible indagar más en la noticia, bien por la acción del sensacionalismo y el morbo que suscitaba el “salvajismo de los africanos”.
Por otra parte, estaría bien aprovechar hechos históricos como este para plantearse cuestiones como el papel de los organismos internacionales en situaciones de necesidad real. A nivel humanitario, la actuación de la ONU fue más bien torpe. ¿Realmente es útil un organismo como este?
Espero que os haya gustado mi post. Sabéis que estáis invitados a participar aportando opiniones y datos.
 
 *Todos los datos aportados han sido expuestos tras la lectura y el análisis reflexivo del libro Encrucijadas Antropológicas, de Paz Moreno.
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