Antropología, empresa, etiquetas y traiciones.

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La Antropología aplicada es necesaria en las empresas. Ahorra costes, evita problemas entre departamentos, soluciona los que ya existen y tiende puentes entre los agentes de la tan manida multidisciplinariedad. No obstante, he estado reflexionando sobre los obstáculos que nos impiden a los antropólogos poner en valor nuestro trabajo en este ámbito, y he sacado varias conclusiones. El problema son los tópicos.

– ¿Pero eso para qué sirve?

Cuando alguien ajeno a la disciplina te pregunta para qué sirve la antropología, lo primero que nos viene a todos a la cabeza es hacer un chiste sobre graduados que viven debajo de un puente. No, basta, no quiero ni una sola gracia al respecto. Si Los antropólogos no somos los primeros en poner en valor nuestra profesión nos estamos faltando al respeto y estamos dando permiso a los demás para que sigan sin valorar la imprescindible labor de las ciencias sociales.

– La responsabilidad social corporativa.

Los antropólogos siempre hemos trabajado cerca de las minorías, las violencias, la desigualdad, los modos de producción injustos o las instituciones coloniales. Estar al lado de los más perjudicados por el sistema nos ha convertido en enemigos del capitalismo. ¿Cómo, entonces, un antropólogo va a poner su conocimiento al servicio del mundo financiero, de los grandes actores comerciales, de las redes injustas de distribución de bienes de primera necesidad, etc.? ¿No sería esto una traición al mundo ideal que anhelamos? La responsabilidad social corporativa es una obligación para las empresas, y la antropología resulta de una utilidad inimaginable en este aspecto.

– La mejor defensa no es un buen ataque.

El papel de los antropólogos estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial ya puso en evidencia la importancia del análisis cultural en las guerras. Esto no quiere decir que las ciencias sociales trabajen en pro de los conflictos bélicos. Los servicios de inteligencia están llenos de antropólogos y sociólogos que no hacen la guerra, sino que la previenen. Aunque una vez más, esto no cuadre con la imagen tópica del antropólogo pacifista.

En resumen, si en algo estamos de acuerdo todos es en el valor de la antropología para conseguir el objetivo de un mundo más justo. Y esto no pasa por derrocar a los monstruos económicos y financieros, sino más bien por humanizarlos. Cuando salgamos de las facultades sin etiquetas seremos capaces de poner nuestro trabajo al servicio del mundo que queremos conseguir.

Gracias a los ponentes de A Piece of Pie por el seminario del día 24 en la Facultad de CCPP de la Complutense.

Para saber más: Antropología de la Empresa, Sergio D. López

Definiciones breves para no caer en el cuñadismo viendo Salvados.

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Lo de esta noche va a traer cola. Cuando Jordi Évole trata temas cotidianos todos opinamos, porque a todos nos afecta, y todos tenemos derecho. Pero nadie habla de la obligación de conocer aquello de lo que se está hablando.

Para no caer en el fenómeno cuñado, aquí os dejo dos definiciones.

  • El FEMINISMO es una corriente de pensamiento. Las personas feministas pueden pertenecer a escuelas teóricas más o menos flexibles, por tanto no podemos hablar de EL feminismo único, ni de UN solo feminismo. Es una cuestión de grados y formas.
    Las reivindicaciones son tan variadas en su expresión que no caben en este artículo, pero pondré dos ejemplos: FEMEN y Clara Campoamor.
    El feminismo no es un problema. Es una lucha por derrocar el trato desigual que recibimos hombres y mujeres en todos los ámbitos de la vida. No busca el descenso a los infiernos del género masculino, sino nivelar a hombres y mujeres para que, ante la misma circunstancia, la respuesta sea igual o equivalente.
  • El MACHISMO sí es un problema. Mata, hace daño, denigra y perjudica tanto a mujeres como a hombres. El machista militante ve en las mujeres una herramienta para su propio beneficio. Es un problema general. Para nosotras porque nos despoja de una parte de nuestra dignidad. Para vosotros porque presenta una imagen negativa y falsa de lo que supone ser un hombre.

    El machismo y el feminismo no son contrarios. No son extremos de un mismo continuo. No se enfrentan.

  • El feminismo construye, el machismo destruye.
  • El feminismo lucha, el machismo hiere.
  • El feminismo busca igualdad, el machismo supremacía.
  • El feminismo cuenta con un corpus teórico y académico que lo respalda; el machismo no.
  • El feminismo es una corriente de pensamiento; el machismo es un prejuicio.
  • El feminismo no es peligroso. El machismo sí.

    Esta noche veré el programa, pero creo que no voy a abrir Twitter. Los cuñados acechan y me ponen enferma.

 

¿Por qué el pollo cruza el camino?

Si no fuera por estos ratos…

Bricolage

Algunas respuestas de connotados antropólogos, filósofos y sociólogos a la pregunta: ¿por qué el pollo cruza el camino?

Héctor Tejera Gaona

Departamento de Antropología Social UAM-I

pollo

  • Adams: Es un acto que disipa la energía (véase también Rudolf Clausius)
  • Bachofen: Es una supervivencia que muestra el dominio que tenían las gallinas anteriormente
  • Blumer: porque toma en cuenta sus diversas necesidades, las interpreta y considera benéfico cruzarlo
  • Boas:
    • Primera hipótesis: Que el pollo cruce el camino es un hecho particular, no generalizable a otros pollos o caminos. Para explicarlo, habrá que estudiar todos los pollos y los caminos, antes de que alguno de éstos desaparezca
    • Segunda hipótesis: No es posible saberlo, ya que cada pollo tiene motivaciones distintas, dependiendo de su cultura
  • Bourdieu: Es un hábitus del pollo
  • Dilthey: porque el pollo así lo siente, pero difícilmente sabemos qué siente, sólo podremos interpretarlo
  • Durkheim: porque la conciencia colectiva lo obliga a cruzarlo

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La cadena perpetua a debate

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Al no estar en campaña electoral, se ha dejado de hablar de la cadena perpetua (revisable o no, es pura retórica). El tema suele salir a la palestra cuando los informativos se hacen eco, con más o menos acierto ético, de un caso de violación. Si el delito se comete contra un menor, la indignación es máxima.

En España, hoy por hoy, no es posible implantar un sistema de cadena perpetua, por mucho que los partidos se empeñen en incluirlo en su programa electoral, en negrita, cursiva, subrayado y resaltado. Paso a explicar los motivos.

La Constitución Española, que nos puede gustar más o menos, pero por ahora es la que tenemos, contempla en su artículo 25.2 que:

“Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados.”

Esto excluye la posibilidad de que una persona sea privada de libertad de por vida, dado que   no se le estaría dando la oportunidad de la reinserción social que promulga la CE. Indudablemente, la cadena perpetua es inconstitucional.

Por otra parte, ¿qué diferencia habría entre imponer a un delincuente sexual una cadena perpetua y 65 años de prisión? Si las condenas se cumpliesen íntegras, y atendiendo a la edad y la duración de la pena, el violador moriría en la cárcel. Otra vez volvemos al argumento del párrafo anterior.

Ahora bien. ¿Qué hacemos con los violadores? Además de meterles la cabeza en una balsa de pirañas que no comen pelo (ojocuidao a los comentarios de la noticia), ¿qué otra medida preventiva o punitiva se les puede imponer? A todos nos viene la cabeza la castración. Química, quirúrgica, voluntaria, forzada… la cuestión es privar a un violador de su arma de asalto. Otro error. El acto violento en sí mismo es el ataque. Una violación con penetración es una forma de ataque. Por tanto, si un violador se queda sin su arma, va a recurrir a otra, simbólicamente fálica. El ataque se va a seguir llevando a cabo, pero en este caso con un objeto en lugar de con el pene. El violador seguirá siendo violador. El mismo perro con distinto collar.

Los delincuentes sexuales no se rehabilitan. Su conducta delictiva no obedece al ánimo de lucro, ni a una drogadicción, ni a ningún otro impulso que no sea el sexual, puramente conductual. Parece que no hay solución al problema, y si la hay no existe voluntad política.

Las personas encargadas de de modificar la CE llevan de vacaciones desde el día siguiente a su aprobación. No podemos contar con una reforma tan profunda cuando existen otras cuestiones menos complejas burocráticamente hablando que no son resueltas por falta de consenso, pereza, desidia…

¿Qué propuestas existen al respecto? ¿Deben ser tratados como enfermos mentales? ¿Instituciones de salud mental, en lugar de penitenciarias? Me gustaría que participasen en la discusión juristas, psicólogos, sociólogos y ciudadanos de cualquier índole. Este post queda abierto al debate.

¡Gracias!

“Shakespeare en la selva”, de Laura Bohannan. Entre la risa y el WTF.

 

Justo antes de partir de Oxford hacia territorio Tiv, en África Occidental, mantuve una conversación en torno a la programación de la temporada en Stratford. «Vosotros los americanos», dijo un amigo, «soléis tener problemas con Shakespeare. Después de todo, era un poeta muy inglés, y uno puede fácilmente malinterpretar lo universal cuando no ha entendido lo particular».

Yo repliqué que la naturaleza humana es bastante similar en todo el mundo; al menos, la trama y los temas de las grandes tragedias resultarían siempre claros —en todas partes—, aunque acaso algunos detalles relacionados con costumbres determinadas tuvieran que ser explicados y las dificultades de traducción pudieran provocar algunos leves cambios. Con el ánimo de cerrar una discusión que no había posibilidad de concluir, mi amigo me regaló un ejemplar de Hamlet para que lo estudiara en la selva africana: me ayudaría, según él, a elevarme mentalmente sobre el entorno primitivo, y quizá, por vía de la prolongada meditación, alcanzara yo la gracia de su interpretación correcta.

Era mi segundo viaje de campo a esa tribu africana, y me encontraba dispuesta para establecerme en una de las zonas más remotas de su territorio —un área difícil de cruzar incluso a pie—. Al final me situé en una colina que pertenecía a un anciano venerable, cabeza de una explotación doméstica de unas ciento cuarenta personas, todos ellos parientes próximos de él, o bien mujeres e hijos suyos. Al igual que otros ancianos en los alrededores, pasaba la mayor parte de su tiempo ejecutando ceremonias de las que apenas pueden verse hoy día en zonas de la tribu que son de más fácil acceso. Yo estaba encantada. Pronto vendrían tres meses de ocio y aislamiento forzosos, entre la cosecha que tiene lugar antes de la época de las crecidas y el desbroce de nuevos campos tras la retirada de las aguas. Entonces, pensaba yo, tendrían más tiempo para ejecutar ceremonias y para explicármelas a mí.

Estaba muy equivocada. La mayoría de las ceremonias exigía la presencia de los hombres más viejos de varios poblados. Cuando las inundaciones comenzaron, a los ancianos les resultaba demasiado difícil ir caminando de un poblado a otro, y las ceremonias fueron cesando poco a poco. Cuando las inundaciones se hicieron intensas, toda actividad quedó paralizada, con una sola excepción. Las mujeres preparaban cerveza de mijo y maíz, y hombres, mujeres y niños se sentaban en sus colinas a beberla.

Empezaban a beber al alba. A media mañana el poblado entero estaba cantando, bailando y tocando los tambores. Cuando llovía, la gente se tenía que sentar en el interior de las chozas, donde o bien bebían y cantaban, o bien bebían y contaban historias. En cualquier caso, al mediodía o antes yo ya me veía obligada a unirme a la fiesta, o si no, a retirarme a mi propia choza con mis libros. «No se discuten asuntos serios cuando hay cerveza. Ven, bebe con nosotros». Dado que yo carecía de su capacidad para aquella espesa cerveza nativa, cada vez pasaba más y más tiempo con Hamlet. La gracia descendió sobre mí antes de que acabara el segundo mes. Estaba segura de que Hamlet tenía una sola interpretación posible, y de que ésta era universalmente obvia.

Con la esperanza de tener alguna conversación seria antes de la fiesta de cerveza, solía acudir a la choza de recepciones del anciano —un círculo de postes con un techado de bardas y un murete de barro para guarecerse del viento y la lluvia—. Un día, al traspasar agachada el bajo umbral, me encontré con la mayoría de los hombres del poblado allí apiñados, con su raída vestimenta, sentados en taburetes, esteras y mecedoras, al calor de una fogata humeante al amparo de la destemplanza de la lluvia. En el medio había tres cuencos de cerveza. La fiesta había comenzado.

El anciano me saludó cordialmente. «Siéntate y bebe». Acepté una gran calabaza llena de cerveza, me serví un poco en un pequeño recipiente y lo apuré de un solo trago. Entonces serví algo más en el mismo cuenco al hombre que seguía en edad a mi anfitrión, y pasé la calabaza a un joven para que el reparto continuara. La gente importante no debe tener que servirse a sí misma.

«Es mejor así», dijo el anciano, mirándome con aprobación y quitándome del pelo una brizna de paja. «Deberías sentarte a beber con nosotros más a menudo. Tus criados me cuentan que cuando no estás en nuestra compañía, te quedas dentro de tu choza mirando un papel».

El anciano conocía cuatro tipos de «papeles»: recibos de los impuestos, recibos por el precio de la novia, recibos por gastos de cortejo, y cartas. El mensajero que le traía las cartas del jefe las usaba más que nada como emblema de su cargo, dado que siempre conocía lo que éstas decían y se lo relataba al anciano. Las cartas personales de los pocos que tenían algún pariente en puestos del gobierno o las misiones eran guardadas hasta que alguien iba a un gran mercado donde hubiera un escribano que las leyera. A partir de mi llegada, me las traían a mí. Algunos hombres también me trajeron, en privado, recibos por el precio de la novia, pidiendo que cambiara los números por sumas más altas. No venían al caso los argumentos morales, puesto que en las relaciones con la parentela política esto es juego limpio, y además resulta difícil explicar a gentes ágrafas los avatares técnicos de la falsificación. Como no quería que me creyeran tan tonta como para pasarme el día mirando sin parar papeles de esa clase, les expliqué rápidamente que mi «papel» era una de las «cosas antiguas» de mi país.

«Ah», dijo el anciano. «Cuéntanos».

Yo repliqué que no soy una contadora de historias. Contar historias es entre ellos un arte para el que se necesita habilidad; son muy exigentes, y la audiencia, crítica, hace oír su parecer. Me resistí en vano. Aquella mañana querían escuchar una historia mientras bebían. Me amenazaron con no contarme ni una más hasta que yo contara la mía. Finalmente, el anciano prometió que nadie criticaría mi estilo, «puesto que sabemos que estás peleando con nuestra lengua». «Pero», dijo uno de los de más edad, «tendrás que explicar lo que no entendamos, como hacemos nosotros cuando contamos nuestras historias». Asentí, dándome cuenta de que allí estaba mi oportunidad de demostrar que Hamlet era universalmente comprensible.

El anciano me pasó más cerveza para ayudarme en mi relato. Los hombres llenaron sus largas pipas de madera y removieron el fuego para tomar de él brasas con que encenderlas: entonces, entre satisfechas fumaradas, se sentaron a escuchar. Comencé usando el estilo apropiado: «Ayer no, ayer no, sino hace mucho tiempo, ocurrió una cosa. Una noche tres hombres estaban de vigías en las afueras del poblado del gran jefe, cuando de repente vieron que se les acercaba el que había sido su anterior jefe».

«¿Por qué no era ya su jefe?»

«Había muerto», expliqué, «es por eso por lo que se asustaron y se preocuparon al verle.»

«Imposible», comenzó uno de los ancianos, pasando la pipa a su vecino, quien le interrumpió. «Por supuesto que no era el jefe muerto. Era un presagio enviado por un brujo. Continúa.»

Ligeramente importunada, continué. «Uno de esos tres era un hombre que sabía cosas» —la traducción más cercana a estudioso, pero por desgracia también significa brujo. El segundo anciano miró al primero con cara de triunfo. «De modo que habló al jefe muerto, diciéndole: ‘Cuéntanos qué debemos hacer para que puedas descansar en tu tumba’, pero el jefe muerto no respondió. Se esfumó y ya no lo pudieron ver más. Entonces el hombre que sabía cosas —su nombre era Horacio— dijo que aquello era asunto para el hijo del jefe muerto, Hamlet.»

Hubo un sacudir de cabezas general dentro del corro. «¿El jefe muerto no tenía hermanos vivos? ¿O es que el hijo era jefe?»

«No», repliqué. «Esto es, tenía un hermano vivo que se convirtió en jefe cuando el hermano mayor murió».

Los ancianos murmuraron entre dientes: tales presagios son asunto para jefes y ancianos, no para jóvenes; ningún bien puede venir de hacer las cosas a espaldas del jefe; evidentemente, Horacio no era un hombre que supiera cosas.

«Sí que lo era», insistí tratando de apartar un pollo lejos de mi cerveza. «En nuestro país el hijo sucede al padre. El hermano menor del jefe muerto se había convertido en jefe, y además se había casado con la viuda de su hermano mayor tan sólo un mes después del funeral.»

«Hizo bien», exclamó radiante el anciano, y anunció a los demás, «Ya os dije que si conociéramos mejor a los europeos, encontraríamos que en realidad son como nosotros. En nuestro país», añadió dirigiéndose a mí, «también el hermano más joven se casa con la viuda de su hermano mayor, convirtiéndose así en padre de sus hijos. Ahora bien, si tu tío, casado con tu madre viuda, es plenamente el hermano de tu padre, entonces también será un verdadero padre para ti. ¿Tenían el padre y el tío de Hamlet la misma madre?».

Esta pregunta no penetró apenas en mi mente; estaba demasiado contrariada por haber dejado a uno de los elementos más importantes de Hamlet fuera de combate. Sin demasiada convicción dije que creía que tenían la misma madre, pero que no estaba segura —la historia no lo decía—. El anciano me replicó con severidad que esos detalles genealógicos cambian mucho las cosas, y que cuando volviese a casa debía de consultar sobre ello a mis mayores. A continuación llamó a voces a una de sus esposas más jóve- nes para que le trajera su bolsa de piel de cabra.

Determinada a salvar lo que pudiera del tema de la madre, respiré profundo y empecé de nuevo. «El hijo Hamlet estaba muy triste de que su madre se hubiera vuelto a casar tan pronto. Ella no tenía necesidad de hacerlo, y es nuestra costumbre que una viuda no tome nuevo marido hasta después de dos años de duelo».

«Dos años es demasiado», objetó la mujer, que acababa de hacer apari- ción con la desgastada bolsa de piel de cabra. «¿Quién labrará tus campos mientras estés sin marido?». «Hamlet», repliqué sin pensármelo, «era lo bastante mayor como para labrar las tierras de su madre por sí mismo. Ella no precisaba volverse a casar». Nadie parecía convencido y renuncié. «Su madre y el gran jefe dije- ron a Hamlet que no estuviera triste, porque el gran jefe mismo sería un padre para él. Es más, Hamlet habría de ser el próximo jefe, y por tanto debía quedarse allí para aprender todas las cosas propias de un jefe. Hamlet aceptó quedarse, y todos los demás se marcharon a beber cerveza».

Hice una pausa, perpleja ante cómo presentar el disgustado soliloquio de Hamlet a una audiencia que se hallaba convencida de que Claudio y Gertrudis habían actuado de la mejor manera posible. Entonces uno de los más jóvenes me preguntó quién se había casado con las restantes esposas del jefe muerto.

«No tenía más esposas», le contesté.

«¡Pero un gran jefe debe tener muchas esposas! ¿Cómo podría si no servir cerveza y preparar comida para todos sus invitados?».

Respondí con firmeza que en nuestro país hasta los jefes tienen una sola mujer, que tienen criados que les hacen el trabajo y que pagan a éstos con el dinero de los impuestos.

De nuevo replicaron que para un jefe es mejor tener muchas esposas e hijos que le ayuden a labrar sus campos y alimentar a su gente; así, todos aman a aquel jefe que da mucho y no toma nada —los impuestos son mala cosa.

Aunque estuviera de acuerdo con este último comentario, el resto formaba parte de su modo favorito de rebajar mis argumentos: «Así es como hay que hacer, y así es como lo hacemos».

Decidí saltarme el soliloquio. Ahora bien, incluso si pudiera estar bien visto el que Claudio se casara con la esposa de su hermano, aún quedaba el asunto del veneno. Estaba segura de que desaprobarían el fratricidio, de manera que continué, más esperanzada: «Esa noche Hamlet se quedó vigi- lando junto a los tres que habían visto a su difunto padre. El jefe muerto apa- reció de nuevo, y aunque los demás tuvieron miedo, Hamlet le siguió a un lugar aparte. Cuando estuvieron solos, el padre muerto habló».

«¡Los presagios no hablan!» El anciano era tajante.

«El difunto padre de Hamlet no era un presagio. Al verlo podría parecer que era un presagio, pero no lo era». Mi audiencia parecía estar tan confusa como lo estaba yo. «Era de verdad el padre muerto de Hamlet, lo que nosotros llamamos un ‘fantasma’». Tuve que usar la palabra inglesa, puesto que estas gentes, a diferencia de muchas de las tribus vecinas, no creían en la supervivencia de ningún aspecto individualizado de la personalidad después de la muerte.

«¿Qué es un “fantasma”? ¿Un presagio?»

«No, un “fantasma” es alguien que ha muerto, pero que anda vagando y es capaz de hablar, y la gente lo puede ver y oír, aunque no tocarlo».

Ellos replicaron. «A los zombis se les puede tocar».

«¡No, no! No se trataba de un cadáver que los brujos hubieran animado para sacrificarlo y comérselo. Al padre muerto de Hamlet no lo hacía andar nadie. Andaba por sí mismo».

«Los muertos no andan», protestó mi audiencia como un solo hombre.

Yo trataba de llegar a un compromiso. «Un ‘fantasma’ es la sombra del muerto».

Pero de nuevo objetaron. «Los muertos no tienen sombra». «En mí país sí que la tienen», espeté.

El anciano aplacó el rumor de incredulidad que inmediatamente se había levantado, y concedió con esa aquiescencia insincera, pero cortés, con que se dejan pasar las fantasías de los jóvenes, los ignorantes y los supersticiosos. «Sin duda, en tu país los muertos también pueden andar sin ser zombis». Del fondo de su bolsa extrajo un pedazo de nuez de cola seca, mordió uno de sus extremos para mostrar que no estaba envenenado, y me lo ofreció como regalo de paz.

«Sea como sea», retomé la narración, «el difunto padre de Hamlet dijo que su propio hermano, el que luego se convirtió en jefe, lo había envenenado. Quería que Hamlet lo vengara. Hamlet creyó esto de corazón, porque aborrecía al hermano de su padre». Tomé otro trago de cerveza. «En el país del gran jefe, viviendo en su mismo poblado, que era muy grande, había un importante anciano que a menudo estaba a su lado para aconsejarle y ayudarle. Se llamaba Polonio. Hamlet cortejaba a su hija, pero el padre y el hermano de ella… (aquí busqué precipitadamente alguna analogía tribal) le advirtieron que no permitiera a Hamlet visitarla cuando estaba sola en casa, puesto que él había de llegar a ser un gran jefe y por tanto no podría casarse con ella».

«¿Por qué no?», preguntó la esposa, que se había acomodado junto al sillón del anciano. El la miró con gesto de desaprobación por hacer preguntas tontas, y gruñó, «Vivían en el mismo poblado».

«No era esa la razón», les informé. «Polonio era un extranjero que vivía en el poblado porque ayudaba al jefe, no porque fuera su pariente».

«Entonces, ¿por qué no podía Hamlet casarse con ella?»

«Habría podido hacerlo», expliqué, «pero Polonio no creía que realmente lo fuera a hacer. Después de todo, Hamlet había de casarse con la hija de un gran jefe, puesto que era un hombre muy importante y en su país cada hombre sólo puede tener una esposa. Polonio tenía miedo de que si Hamlet hacía el amor a su hija, ya nadie diera un alto precio por ella».

«Puede que eso sea cierto», remarcó uno de los ancianos más sagaces, «pero el hijo de un jefe daría al padre de su amante regalos y protección más que sobrados como para compensar la diferencia. A mí Polonio me parece un insensato».

«Mucha gente piensa que lo era», asentí. «A todo esto, Polonio envió a su hijo Laertes al lejano París, a aprender las cosas de ese país, porque allí estaba el poblado de un jefe realmente muy grande. Como Polonio tenía miedo de que Laertes se gastara el dinero en cerveza, mujeres y juego, o se metiera en peleas, mandó secretamente a París a uno de sus sirvientes para que espiara lo que hacía. Un día Hamlet abordó a Ofelia, la hija de Polonio, comportándose de manera tan extraña que la asustó. En realidad» —yo buscaba azoradamente palabras para expresar la dudosa naturaleza de la locura de Hamlet— «el jefe y muchos otros habían notado también que cuando Hamlet hablaba uno podía entender las palabras, pero no su sentido. Mucha gente pensó que se había vuelto loco». Repentinamente mi audiencia parecía mucho más atenta. «El gran jefe quería saber qué era lo que le ocurría a Hamlet, así que mandó a buscar a dos de sus compañeros de edad (amigos del colegio hubiera sido largo de explicar) para que hablaran con Hamlet y averiguaran lo que le tenía preocupado. Hamlet, al ver que habían sido pagados por el jefe para traicionarle, no les contó nada. No obstante, Polonio insistía en que Hamlet se había vuelto loco porque le habían impedido ver a Ofelia, a quien amaba».

«¿Por qué», preguntó una voz perpleja, «querría nadie embrujar a Hamlet por esa razón?».

«Embrujarle?».

«Sí, sólo la brujería puede volver loco a alguien. A menos, claro está, que uno haya visto a los seres que se ocultan en el bosque».

Dejé de ser contadora de historias, saqué mi cuaderno de notas y pedí que me explicaran más sobre esas dos causas de locura. Aun cuando ellos hablaban y yo tomaba notas, traté de calcular el efecto de este nuevo factor sobre la trama. Hamlet no había sido expuesto a los seres que se ocultan en el bosque. Sólo sus parientes por línea masculina podrían haberlo embrujado. Dejando fuera parientes no mencionados por Shakespeare, tenía que ser Claudio quien estaba intentando hacerle daño. Y, por supuesto, él era.

De momento me protegí de las preguntas diciendo que el gran jefe también se negaba a creer que Hamlet estuviera loco debido simplemente al amor de Ofelia. «El estaba seguro de que algo mucho más importante estaba afligiendo el corazón de Hamlet».

«Los compañeros de edad de Hamlet», continué, «habían traído con ellos a un famoso contador de historias. Hamlet decidió hacer que aquel narrador contara al jefe y a todo el poblado la historia de un hombre que había envenenado a su hermano porque deseaba a la esposa de éste, y porque además quería convertirse él mismo en jefe. Hamlet estaba seguro de que el gran jefe no podría escuchar la historia sin dar algún signo de ser realmente culpable, y de este modo podría descubrir si su difunto padre le había dicho la verdad o no».

El anciano interrumpió, con profundo ingenio, «¿Por qué habría un padre de engañar a su hijo?».

«Hamlet no estaba seguro de que fuera realmente su padre muerto», respondí evasivamente. Era imposible, en esa lengua, decir nada sobre visiones inspiradas por el demonio.

«Quieres decir» exclamó, «que en realidad era un presagio, y que él sabía que a veces los brujos envían falsos presagios. Hamlet fue tonto por no acudir antes que nada a alguien versado en leer presagios y adivinar la verdad. Un hombre-que-ve-la-verdad le podría haber dicho cómo murió su padre, si realmente había sido envenenado, y si hubo en ello brujería o no la hubo; luego podría haber convocado a los ancianos para tomar una determinación».

El anciano perspicaz se atrevió a disentir. Al ser un gran jefe el hermano de su padre, un hombre-que-ve-la-verdad podría haber tenido miedo de decirla. Yo creo que es por esa razón por la que un amigo del padre de Hamlet —anciano y brujo— envió un presagio, para que así el hijo de su amigo lo supiera. ¿Era cierto el presagio?».

«Sí», dije, dejando de lado fantasmas y demonios; tendría por fuerza que ser un presagio enviado por un brujo. «Era cierto, por lo que cuando el contador de historias estaba contando su cuento ante todo el poblado, el gran jefe se levantó descompuesto. Por miedo a que Hamlet supiera su secreto, planeó matarlo».

El escenario de la siguiente secuencia presentaba algunos problemas de traducción. Comencé con prudencia. «El gran jefe pidió a la madre de Hamlet que le sonsacara lo que sabía. Mas, previendo que para una madre su hijo está siempre por encima de todo, hizo esconder al anciano Polonio tras unas telas que colgaban junto a la pared de la choza de dormir de la madre de Hamlet. Hamlet comenzó a increpar a su madre por lo que había hecho».

Hubo un asombrado murmullo por parte de todos. Un hombre nunca debe reprender a su madre.

«Ella gritó asustada, y Polonio se movió tras la tela. Hamlet exclamó, ‘¡Una rata!’, y tomando su machete dio un tajo que la atravesó». Aquí hice una pausa para darle efecto dramático. «¡Había matado a Polonio!».

Los ancianos se miraron unos a otros con supremo disgusto. «¡Ese Polo- nio era realmente un necio y un ignorante! Hasta a un niño se le habría ocurrido decir: ‘¡Soy yo!’» Con repentino dolor, recordé que estas gentes son ardientes cazadores, siempre armados de arco, flechas y machete; al primer movimiento entre la maleza hay ya una flecha lista apuntando, y el cazador grita «¡Va!». Si no contesta voz humana inmediatamente, la flecha sigue su camino. Como cualquier buen cazador, Hamlet había gritado, «¡Una rata!».

Me lancé a salvar la reputación de Polonio. «Polonio habló. Hamlet le había oído. Pero pensó que era el jefe, y quiso matarlo para vengar a su padre. Ya había querido hacerlo antes, esa misma tarde…». Interrumpí la narración, incapaz de explicar a esta gente pagana, que no cree en la supervivencia individual tras la muerte, la diferencia entre bien morir rezando y morir «sin comunión, sin preparación, sin sacramentos».

Esta vez había impactado en serio a mi audiencia. «Que un hombre levante su mano contra el que, siendo hermano de su padre, se ha convertido en padre para él es algo terrible. Los ancianos deberían dejar que sea embrujado un hombre semejante».

Mordisqueando perpleja mi pedazo de nuez de cola, señalé que, después de todo, era quien había matado al padre de Hamlet.

«No», sentenció el anciano, hablando menos para mí que para los jóvenes allí sentados entre los mayores. «Si el hermano de tu padre ha matado a tu padre, debes recurrir a los compañeros de edad de tu padre; son ellos quienes pueden vengarlo. Nadie puede usar la violencia contra sus parientes de más edad». Le sobrevino otra idea. «Pero si el hermano del padre hubiera sido realmente tan infame como para embrujar a Hamlet y volverlo loco, entonces la historia es realmente buena, porque entonces él mismo sería el causante de que Hamlet, estando loco, no conservara razón alguna y estuviera dispuesto a matar al hermano de su padre».

Hubo un murmullo de aprobación. Hamlet volvía a parecerles una buena historia, pero a mí ya no se me antojaba la misma. Según pensaba en las complicaciones venideras de la trama y los temas, me iba desanimando. Decidí rozar sólo de pasada el terreno peligroso.

«El gran jefe», continué, «no sentía que Hamlet hubiera matado a Polonio. Eso le daba una razón para enviarle lejos, acompañado por sus dos infieles compañeros, con cartas para un jefe de un lejano país que decían que debía ser asesinado. Pero Hamlet cambió lo que estaba escrito en las cartas, de forma que en su lugar mataron a éstos». Encontré una mirada llena de reproche por parte de uno de los hombres a quienes yo había dicho que una falsificación indetectable de la escritura no sólo era inmoral, sino que estaba más allá de la habilidad humana. Miré hacia otro lado.

«Antes de que Hamlet pudiera regresar, Laertes volvió para el funeral de su padre. El gran jefe le contó que Hamlet había matado a Polonio. Laertes juró matar a Hamlet por esto, y porque su hermana Ofelia, al saber que su padre había sido muerto por el hombre a quien amaba, se volvió loca y se ahogó en el río».

«¿Ya te has olvidado de lo que te hemos dicho?», me echó en cara el anciano. «No se puede tomar venganza de un loco; Hamlet mató a Polonio en su locura. Y en cuanto a la chica, no es que simplemente se volviera loca, sino que se ahogó. Sólo la brujería puede hacer que la gente se ahogue. El agua por sí misma no hace ningún daño, es sencillamente algo que se bebe o en donde uno se baña».

Empecé a enfadarme. «Si no te gusta la historia, no sigo».

El anciano hizo unos ruidos apaciguadores y me sirvió personalmente algo más de cerveza. «Tú cuentas bien la historia, y te estamos escuchando. Pero está claro que los ancianos de tu país nunca te han explicado lo que realmente significa. ¡No, no me interrumpas! Te creemos cuando dices que vuestra forma de matrimonio y vuestras costumbres son diferentes, o vuestros vestidos y armas. Pero la gente es similar en todas partes. Allí donde sea siempre hay brujos, y somos nosotros, los ancianos, quienes sabemos cómo funciona la brujería. Te dijimos que era el gran jefe el que quería matar a Hamlet, y ahora tus propias palabras confirman que teníamos razón. ¿Qué parientes varones tenía Ofelia?».

«Solamente su padre y su hermano». Hamlet claramente se me había escapado de las manos.

«Tiene que haber tenido más; esto es algo que también debes preguntar a tus mayores cuando vuelvas a tu país. Por lo que nos cuentas, y dado que Polonio estaba muerto, debe haber sido Laertes quien mató a Ofelia, aunque no veo la razón».

Ya habíamos vaciado uno de los cuencos de cerveza, y los hombres discutieron el tema con un interés rayano en lo ebrio. Finalmente uno de ellos me preguntó, «¿Qué dijo a su vuelta el criado de Polonio?».

Retomé con dificultad a Reinaldo y su misión. «No creo que regresara antes de la muerte de Polonio».

«Escucha», dijo el más anciano de todos, «y te diré cómo ocurrió y cómo sigue tu historia, y tú me puedes decir si estoy en lo correcto.

Polonio sabía que su hijo se metería en problemas, y efectivamente así fue. Tenía muchas multas que pagar por sus peleas, y deudas de juego. Pero sólo había dos maneras de conseguir dinero rápidamente. Una era casar a su hermana de inmediato, pero es difícil encontrar a un hombre que quiera casarse con una mujer deseada por el hijo de un jefe. Porque, si el heredero del jefe comete adulterio con tu mujer, ¿tú qué puedes hacerle? Sólo a un loco se le ocurriría plantear un pleito a alguien que puede ser quien te juz- gue en el futuro. Por eso Laertes tuvo que seguir el segundo camino: matar por brujería a su hermana, ahogándola, para poder vender su cuerpo en secreto a los brujos».

Opuse una objeción. «Su cuerpo fue encontrado y enterrado. De hecho, Laertes saltó a la fosa para ver a su hermana por última vez. Por tanto, como ves, el cuerpo realmente estaba allí. Hamlet, que acababa de llegar, saltó también detrás de él».

«¿Qué os dije?» El más anciano se dirigió a los demás. «No es que Laertes estuviera tratando precisamente bien al cuerpo de su hermana. Hamlet procuró estorbarle, porque al heredero del jefe, igual que a cualquier jefe, no le gusta que ningún otro hombre se enriquezca ni se haga poderoso. Laertes se pondría furioso, porque había matado a su hermana sin sacar de ello ningún beneficio. En nuestro país, ese motivo hubiera bastado para que intentara asesinar a Hamlet. ¿Es eso lo que pasó?».

«Más o menos», admití. «Cuando el gran jefe encontró que Hamlet aún vivía, animó a Laertes a que tratara de matarlo y se las apañó para que hubiera una pelea de machetes entre ellos. En la lucha ambos cayeron heridos de muerte. La madre de Hamlet bebió una cerveza envenenada que el jefe había dispuesto para Hamlet en el caso de que ganara la pelea. Cuando vio a su madre morir a causa del veneno, Hamlet, agonizando, consiguió matar al hermano de su padre con su machete».

«¿Veis? ¡Tenía razón!», exclamó.

«Era una historia muy buena», añadió el anciano jefe, «y la has contado con muy pocos errores. Sólo había un error más, justo al final. El veneno que bebió la madre de Hamlet obviamente estaba destinado al vencedor del combate, quienquiera que fuese. Si Laertes hubiera ganado, el gran jefe lo habría envenenado para que nadie supiera que él había tramado la muerte de Hamlet. Así, además, ya no tendría que temer la brujería de Laertes; hace falta un corazón muy fuerte para matar por brujería a la propia hermana».

Envolviéndose en su raída toga, el anciano concluyó: «Alguna vez has de contarnos más historias de tu país. Nosotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría».

Un cuento por cada lengua mexicana, vía VERNE.

Regresan los cuentos indígenas, ahora puedes escucharlos en tseltal, ch’ol o mayo

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Captura de pantalla de “El origen del fuego”

En 2013, Gabriela Badillo, socia del estudio de diseño y animación COMBO, creó siete cuentos animados como parte del proyecto Sesenta y ocho voces, sesenta y ocho corazones con un solo propósito: evitar que desaparezca la cosmovisión de los pueblos indígenas. En esa ocasión logró producir siete relatos subtitulados haciendo uso de una beca que le otorgó el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA). Tres años después, el estudio ha estrenado cuatro relatos más en ayapaneco (Tabasco), tseltal, ch’ol (ambos se hablan en Chiapas) y mayo (Sonora).

El artículo completo y los cuentos están disponibles en el enlace.

La vida social del cerebro

Filosofía y Neurociencias: Notas y Reseñas bibliográficas

imagesReseña de: Arleen Salles y Kathinka Evers, La vida social del cerebro, México, Fontamara, 2014, 219 pp.

Por Daniel Pallarés-Domínguez (Universitat Jaume I de Castellón)*

La vida social del cerebro es un volumen colectivo el que las especialistas en neuroética Arleen Salles y Kathinka Evers, compilan varios trabajos sobre diferentes disciplinas ―medicina, psicología, filosofía― en relación con las neurociencias. A lo largo de ocho capítulos, y con una metodología argumentativa y crítica, su objetivo es reflexionar sobre las consecuencias sociales, éticas y legales que pueden derivarse de las investigaciones sobre el cerebro humano en diferentes aspectos.

El primer aspecto es la cognición social. A lo largo del primer capítulo, Teresa Torralva y Facundo Manes presentan un pequeño estado de la cuestión sobre los aspectos más relevantes de la neurociencia social, así como las bases o sustratos neurales más estudiados en relación a la cognición social. Ésta tendría su origen en…

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El desarrollo, ¡qué invento!

Una vez cursada –que no aprobada – la asignatura de Antropología del Desarrollo, me gustaría resumir brevemente en qué consiste este invento.

Efectivamente, el desarrollo es eso, un invento. Occidental, faltaría más. Desde este lado de la teoría, lo que se aprecia es un intento de solucionar la cagada que supuso, más que el colonialismo, el proceso de descolonización de los países que ahora llamamos subdesarrollados (con un poco de suerte, en vías de desarrollo).

El siglo XX ha sido un sindiós en cuanto a geopolítica y relaciones de poder. Tirando de apuntes, Truman –o quien le escribiese los discursos – se inventó aquello del subdesarrollo para que meter las narices en países ajenos fuera un acto legítimo, de responsabilidad mundial con los otros. A recordar: los otros, esos pobrecitos exóticos que se mueren de hambre, no saben lo que necesitan, por eso hay que intervenir a través de lo que se ha denominado ayuda humanitaria. Epítome del paternalismo.

L’Europe_soutenue_par_l’Afrique_et_l’Amérique_–_William_Blake

Europa sostenida por África y América – W. Blake

La ayuda humanitaria requiere una serie de movimientos de mercancías y transferencias de dinero –del que no se ve – y todos sabemos que cada vez que algo se mueve en este contexto, alguien gana dinero (ojo, no estoy juzgando la limpieza ética de esa ganancia. Hasta ahí no me da la capacidad de reflexión, al menos hoy). Y entonces empezamos con el asunto de la industria de la ayuda humanitaria, que es como mezclar el hambre y las ganas de comer.

Respecto al propio concepto de desarrollo, estoy viendo por aquí que cada cual lo ha interpretado de la forma más apropiada posible para que coincida con sus objetivos. Claro que sí, con un par…

Desde la perspectiva ciudadana, dos tópicos muy graciosos:

  • SI CREES QUE EL DESARROLLO ES BUENO –> eres paternalista
  • SI CREES QUE EL DESARROLLO ES MALO –> no tienes corazón

Últimamente se está dejando de pensar el desarrollo como un agente exógeno para dar protagonismo a los propios subdesarrollados que necesitan ayuda. Ahora se les pregunta qué necesitan. Todo un detalle.

Y para terminar, y de paso evitarme algún que otro roce en twitter, dos cosas:

  1. Sí, soy una purista.
  2. No, no me parece que las ONGs y demás agentes promotores del desarrollo sean poco menos que el demonio. Mis dudas no son sobre los fines, sino sobre los medios.

De hecho, creo que todos tenemos la responsabilidad de solucionar el desastre que hemos generado después de la II Guerra Mundial, básicamente porque todos nos hemos beneficiado de él. Lo que me cuestiono es si los medios son los adecuados. Sobre todo porque cincuenta años después de la invención del subdesarrollo, la cosa pinta igual de negra.

Un abrazo de agradecimiento a Beatriz Pérez Galán por la perspectiva y las herramientas.